La portada ha perdido su finalidad, convirtiéndose únicamente en otro más de los elementos de la mercadotecnia de un libro
En la época de mayor producción editorial de la historia, el diseño de lo que los anglosajones se refieren como la “chaqueta del libro” ha sido apartado deliberadamente a un plano despojado de significado en pos de una estandarización que arrasa con un rodillo de tramas geométricas, piezas y parches inconexos -como el brazo tatuado de un hípster de 2010- la gran mayoría de libros que se editan a día de hoy.
El diseñador no ha estado nunca en el castillo
Ni tampoco ha leído «La langosta se ha posado».
Será difícil encontrar, para cualquiera que lea este artículo, una edición de «El hombre en el castillo» en la que no aparezca una esvástica y una bandera americana, en cualquiera de los resultados de su posible combinatoria: la bandera americana como trama dentro de la esvástica o viceversa, la esvástica en sustitución de las estrellas de la bandera yanqui en manos de la Estatua de la Libertad, etc. Esta miríada de diseños responden a un absoluto y vergonzante desconocimiento por parte del diseñador del contenido del libro: las historias relatadas por Bradbury se desarrollan en la ucrónica costa occidental de Estados Unidos ocupada por Japón y no en la oriental, ocupada por la Alemania Nazi. Pero la premisa de la contraportada es clara: La Alemania Nazi ha ganado la guerra y ocupa Estados Unidos, y hasta ahí llega la labor de investigación por su parte. Ni saben qué es el I Ching, ni se interesan por conocer la metanarración que actúa como hilo conductor entre sus historias.
Pero esto no ha ocurrido siempre. En este caso en concreto, las ediciones en castellano de «El hombre en el castillo» han sido mejor tratadas en los años ochenta que en la actualidad. En España, la editorial encargada de editar esta obra ha sido Minotauro y, sin embargo no deja de resultar curioso comprobar como en las ediciones ochenteras y noventeras no hay rastro alguno de simbología nazi ni banderas estadounidenses: algunas pecan de una literalidad aún más ostensible, con la ilustración de un castillo suspendido en el cielo o simplemente la vista de una ciudad futurista –casi más propio de una novela ciberpunk–, sin señas ni enseñas del régimen alemán.
¿Qué es lo que nos ha llevado en la actualidad a replicar constantemente el mismo diseño falto de veracidad y, sobre todo, cómo ha pasado todos los filtros hasta su publicación? La respuesta está abierta a interpretación y las causas son, a todas luces, multifactoriales. No obstante, este es otro ejemplo más de la existencia de una clara tendencia a relegar la importancia de la portada en el total del libro a un mero hecho estético o íntegramente comercial, en lugar de ser entendida como la traducción de la sensación de la experiencia de lectura de la obra.



Los cromos de Chichoni
Pintor e ilustrador argentino, la obra de Óscar Chichoni se ha convertido en el subconsciente colectivo de los asiduos de la ciencia ficción española en el catalizador por el que conocemos y nos acercamos a las novelas del género publicadas en España en los años noventa y dos mil.
Su estilo predominantemente escultórico ha servido como un filtro para el lector a la hora de imaginar los mundos que se construían en las páginas cuyas ilustraciones en portada anunciaban. Los universos que uno puede imaginar a través de su imaginería y estilo se tornan pétreos, los rostros de sus personajes adoptan un hieretismo clásico y sus paisajes transmiten una tensa calma como la que vivimos en las calles durante los confinamientos mundiales del año 2020.
Sin embargo, no podemos –ni debemos– ser ajenos al hecho de que sus ilustraciones se utilizaron indiscriminadamente y sin ningún criterio de cohesión, coherencia ni adecuación a la obra a la que fueron emparejadas. Tampoco en otros países se tuvo compasión con la congruencia, hasta el punto de utilizar la misma imagen para ilustrar diferentes títulos de diferentes autores en cada país.


Versión italiana de «Vulcano 3» de Philip K. Dick publicada por Mondadori y versión española de «La nave de un millón de años» de Poul Anderson publicada por Nova.


Portada de la revista «Interzone» y edición española de la segunda parte de «Olympo» de Dan Simmons publicada por Nova.


Un simple cambio de color sirvió a Nova para «ilustrar» la portada de la segunda parte de la saga de Ender.
Sin ningún tipo de pudor, las editoriales han utilizado la extensa colección del dibujante argentino como si de cartas o cromos intercambiables se tratasen, utilizándolos de manera indiscriminada a través de diferentes autores y títulos.
Por quién decoran los cantos
El germen de este artículo surge meses antes de la aparición del nuevo rodillo que está impregnando los cantos de toda novela fantástica publicada a partir del 2024.
Pese a publicitarse actualmente como una novedad, ciertas ediciones de la Biblia publicadas el siglo pasado ya contaban con estos cantos decorados y dorados, usualmente aquellas que iban destinadas para vestir una estantería y cuyos libretos permanecían y permanecerán cerrados y unidos por la pátina de pintura que los remataba como lo que eran, un artículo de exposición destinado a nunca cumplir su función.
Hoy, las editoriales encargadas de la publicación de fantasía juvenil han descubierto en esta práctica un nuevo filón, que no responde sino a un ardid capitalista que lleva ya asentado en otros mercados desde hace más de una década y que está posando sus alas en el mundo editorial: la escasez artificial y las ediciones especiales.
El mundo de los videojuegos ya ha adoptado esta dinámica, y los usuarios, al consentir, han facilitado que se establezca como norma: videojuegos que se lanzan al mercado exclusivamente en digital y que, meses después, anuncian su edición física con contenido ampliado y distintos tiers a precios desorbitados, lo que lleva a parte de sus jugadores a volver a adquirir el mismo producto una vez más, viéndose arrastrados por el efecto de lo que se conoce en el mundo angloparlante como FOMO (Fear Of Missing Out), fenómeno psicológico que describe la ansiedad o preocupación de una persona que percibe que está quedando excluida de experiencias relevantes que otras personas sí están viviendo.
Esta comparación constante y la sensación de exclusión –mediadas en gran parte por el altavoz que supone para este fenómeno las redes sociales– provoca un comportamiento impulsivo que compele al usuario para conseguir esa nueva edición especial, aunque ya hubiera adquirido otra con anterioridad.
Si, además, añadimos a la ecuación la generación de un sentimiento de escasez artificial, como el provocado por la Editorial Duomo con el lanzamiento de «S. El barco de Teseo», el cual anunciaron como tirada limitada y única, pero que actualmente se encuentra en su segunda edición, se combinan las variables idóneas para causar la manipulación en el consumidor que le obligará a seguir comprando en un ciclo que no deja de retroalimentarse.
La desconexión entre la ilustración de la portada y el contenido del libro, evidenciando un mercado editorial cada vez más enfocado a la mercadotecnia visual; el uso de ilustraciones como si se trataran de imágenes de un banco de imágenes de stock, donde se sacrifica la propia intención narrativa que la portada pudiera llegar a ofrecer y la tendencia de la decoración de los cantos, que no hace más que convertir al libro en un artículo de coleccionismo despojándole de su fin último, que es el de transmitir una historia, nos debe invitar a reflexionar, ¿se está priorizando en exceso el impacto visual de una obra en detrimento de su autenticidad y coherencia literaria?, ¿estamos a tiempo de frenar ciertas prácticas y evitar que el portadismo sea cada vez más frívolo y superficial?
Alberto Maraña

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